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Reflexiones sobre la visita al Museo Plantin-Moretus de Amberes, parte de la Historia de la Imprenta

Todos los viajes, por más que minuciosamente planificados, deparan alguna sorpresa. A menudo son estas sorpresas, más que los monumentos, las que nos dejan una huella. El paseo por Erice (Sicilia) o bajo los Dark Hedges de Irlanda del Norte, la visita al Norman Rockwell Museum de Massachussets o la vistosidad del pueblecito bávaro de Oberammergau son parte de esas sorpresas.

Esto fue lo que sentí cuando visité el Museo Plantin-Moretus, o Museo de la Imprenta en Amberes. Ni sabía de su existencia hasta pocos minutos antes de entrar por su puerta. Siendo hija y nieta de impresores de los de toda la vida, y después de treinta años trabajando en una pequeña imprenta en el Eixample de Barcelona, no podía dejar pasar la oportunidad. Así, tras leer por las calles de Amberes una sucinta descripción del museo en la guía de El País, me encaminé hasta la calle Vrijdagmarkt 22.

 

Su historia empezó en tiempos de Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI. Ya hacía unos cuantos años que Gutenberg había inventado la imprenta pero el invento aún no se había extendido por Europa. Un artesano del cuero de origen francés asentado en Amberes, Christophe Plantin, montó una imprenta con el beneplácito del propio Felipe II, con el encargo de imprimir nada menos que 1200 ejemplares de la famosa Biblia Políglota Complutense, o Biblia Regia. La Primera Edición de dicha Biblia, patrocinada por el Cardenal Cisneros, había sido muy limitada y era ya imposible encontrar ejemplares, lo cual llevó a Felipe II, muy devoto, a promover una nueva edición.

Felipe II llevó su encargo a Amberes, entonces en territorio Español, lo que supuso el éxito de la imprenta de Plantin, que no dejó de crecer hasta su muerte en 1589. El negocio pasó entonces a manos de su yerno, Jan Moretus. En 1859 el último Moretus vendió la imprenta a la ciudad de Amberes. Se convirtió entonces en lo que ahora es, uno de los museos más antiguos y bonitos de Europa.

El contenido del museo es fascinante, en especial para una filóloga clásica de formación e impresora de profesión. ¿Cómo describir la emoción al ver un ejemplar de la Biblia de Gutenberg impreso antes de 1461? Perdí la cuenta de la cantidad de letras de plomo, troqueles, matrices, planchas de madera y de cobre. Contemplé el taller donde se fabricaban artesanalmente los tipos, las dos prensas más antiguas del mundo. En la sala con mesas de roble a la luz de los ventanales pude imaginar a los correctores, eruditos conocedores del holandés y el francés, a menudo también del español, italiano, griego y latín, a veces del hebreo y del arameo: leen las pruebas que se hacen entre el proceso de la tipografía y la impresión real.

Plantin era extremadamente cuidadoso a la hora de elegir el tipo de letra adecuado. Al principio tiene que trabajar con tipos que son también utilizados por sus colegas, pero pronto Plantin instala su propia fundición de tipos, y utiliza fuentes más exclusivas de diseñadores franceses como Garamont y Granjon.

 

Antes de la salida del Museo, sentada al pie de un ejemplar del temido Index librorum prohibitorum me di a meditar sobre el poder que tuvo la imprenta para luchar contra el oscurantismo de la religión. Hasta la aparición de la Imprenta, a mediados del siglo XV, los pocos ejemplares escritos que existían en todo Occidente eran los manuscritos, de temática básicamente religiosa, que se conservaban en las bibliotecas de los monasterios. Nadie salvo las máximas autoridades religiosas, tenía acceso al contenido de esos manuscritos. Incluso el Libro por excelencia, la Biblia, sólo era accesible a los hombres de la Iglesia, que eran los únicos que sabían leer el latín o el griego (o simplemente leer).

Así, la plebe iletrada no podía conocer de estos textos sagrados salvo por lo que los curas les leían en latín y les explicaban en las misas y actos religiosos a los que asistían por obligación. El acceso a la cultura estaba completamente restringido. Los libros prohibidos estaban al alcance de unos pocos encargados de criticar y censurar. La mayoría del clero solamente tenía acceso a los comentarios posteriores sobre los manuscritos mutilados. Solamente la contundencia inquisitorial permite entender tanta sumisión.

En tal contexto llegó la imprenta, que permitía crear miles de copias de un libro y acceder a cualquier texto, religioso o profano, cuando no directamente herético. Lo que parecía imposible años atrás, ahora está al alcance de cualquiera. ¡Qué peligro, qué riesgo para el dogmatismo: una persona lee e interpreta libremente! Adiós al control del pensamiento, a la sumisión, a la obediencia ciega, al monopolio sobre el pensamiento.

La censura fue obstáculo de la difusión cultural, pero no pudo parar el avance de las prensas en Occidente, lo que supuso quizá el comienzo de las guerras de ideas: Reforma, Contrarreforma, Galileo, la Inquisición, el INDEX, la Ilustración, el Sapere Aude de Kant. La victoria estas guerras no fue en favor de unas u otras ideas, sino de todas, de la libertad. Yo no sé si Dios ha muerto, como anunciaba Nietzsche, pero sí ha muerto el oscurantismo, la manipulación del pensamiento que sumió a Europa en un parón cultural de mil años.

La gran arma de esta guerra fue, estoy convencida, la imprenta en el siglo XV. Gracias, Sr. Gutenberg.

Henchida de orgullo gremial, salí finalmente del museo. Por la tarde me esperaba otro, el Museo del Diamante. Pero esta ya es otra historia.